|
|
|
|
A veces, cuando voy sentada en el autobús, no puedo evitar gatear un ratito por la mirada del anciano que se sienta enfrente. Son ojos que van nutriendo a pupilas cada átomo del aire y que yo cuidadosamente respiro a su lado. Entonces millares de linternas parecen no más de cuatro velas derretidas por el tiempo y un latir lento acaricia de repente los crujidos de esa vida en blanco y negro. Y sin saber por qué, un regimiento de hormigas te amordazan por el cuerpo y nada importa y todo pasa porque ellos te lo cuentan y te van limpiando heridas aún ni imaginadas, porque esos ojos te van susurrando con voz de lirio que el atardecer va llegando y mientras ellos se sumergen en el último bostezo de la noche y todo se vuelve simple, inmóvil, con calma de niño tras haber llorado, con calma de años que se irán llorando, te dicen que el coco se ha ido y que ellos te acunan en un clavel de consejos.
A veces, cuando voy en el autobús no puedo evitar mirar la vida que me mira con ojos calientes y me susurra con cada párpado.
|
y
pronto, muy pronto, la caída traerá vértigos extraños,
en
otra vida parecida a un escenario
y
yo ahora, preso de mi propio tacto |
|
cuatro
así como la
lluvia,
el espíritu
vertical hacia los abismos, hondo y fuego... tan sólo el viento conoce tus sospechas |
![]() |