Nuria Pérez

A veces, cuando voy sentada en el autobús, no puedo evitar gatear un ratito por la mirada del anciano que se sienta enfrente. Son ojos que van nutriendo a pupilas cada  átomo del aire y que yo cuidadosamente respiro a su lado. Entonces millares de linternas parecen no más de cuatro velas derretidas por el tiempo y un latir lento acaricia de repente los crujidos de esa vida en blanco y negro. Y sin saber por qué, un regimiento de hormigas te amordazan por el cuerpo y nada importa y todo pasa porque ellos te lo cuentan y te van limpiando heridas aún ni imaginadas, porque esos ojos te van susurrando con voz de lirio que el atardecer va llegando y mientras ellos se sumergen en  el último bostezo de la noche y todo se vuelve simple, inmóvil, con calma de niño tras haber llorado, con calma de años que se irán llorando, te dicen que el coco se ha ido y que ellos te acunan en un clavel de consejos.

A veces, cuando voy en el autobús no puedo evitar mirar la vida que me mira con ojos calientes y me susurra con cada párpado.


 

Javier Barrero

 

y pronto, muy pronto, la caída traerá vértigos extraños,
la muda de la piel, las higiénicas lápidas progresivas,
y repetirás mi nombre, cualquier nombre ya usado
bordeando tu boca, abandonado al hecho de ser palabra
al tiempo gris ingeniero del pasado, con su ritmo
y su maquillaje de risa, infinitamente renacido

en otra vida parecida a un escenario
me aguardarás con tu traje de asfalto
te sentarás en silencio, como quien recuerda
y recuerda corazones sudados, ciempiés de humo
el rito de ir a lavarte y fumar, la verticalidad
tumbada durante horas

 y yo ahora, preso de mi propio tacto
en el movimiento de migrar hacia ninguna parte
hilvano mis dedos con todas las caras
con bocas parecidas a la mía y a la tuya
y otra vez me reconozco derruido y abrazado
sobre la cama, la camisa, el reloj abandonado
los siglos de nuevo repetidos y marchitos…

 
 

Manuel González

 

cuatro

así como la lluvia,
como la eléctrica estancia de la sombra,
se halla tu alma desfigurada
aguardando las oraciones agnósticas del anochecer, 

el espíritu vertical hacia los abismos,
una leve residencia sin confines 

hondo y fuego...

tan sólo el viento conoce tus sospechas